A veces pienso que nada tiene sentido. Pero el sentido es algo que se da, se piensa, se dilucida. Ese nada, ya es algo… Intento no negar su existencia, pero no entiendo qué quiere decir. Encuentro cosas que no transmiten, insípidas, inodoras. -In.
A veces necesito un poco de aire, que sople, que envuelva. Estas veces, esos días, puede que no sepa ni por dónde me da. Me encuentro aturdida, confusa, borrosa. Pero sopla, curte y me (re)vive.
Entre el sentido y el aire encuentro un lugar en el que poder resguardarme, caminar mirando las puntas de los pies, elevando el pensamiento a la quinta potencia y descontando, de manera aritmética, la cantidad de veces que pensé que, hace exactamente menos de un minuto, nada tenía sentido, rodeado con o sin aire.
Y cuando pienso que nada tiene sentido, doy sentido a aquello que no lo tiene. Divago, doy vueltas, hesito, me enredo y me atasco. Pero luego llega el aire, sopla, me envuelve, me curte y todo se resuelve. Vuelvo a empezar.
Empiezo de cero, y todo tiene de nuevo sentido. Con o sin viento. Pero sopla, detrás de mi oreja, de manera sigilosa, sin ganas de molestar (me).
Es como saltar en una cama elástica, verte desde fuera y notar que no alcanzas. Sufrir para llegar. Llegar para sufrir. Parece un juego.
Es un juego.
Saltas, saltas. Llegas, por fin. Pero no llegas a gusto. Más bien cansada, agotada, destrozada.
Un poco ambigua, quizá.
Desplazas tu cuerpo, te dejas caer en el siguiente escalón. Miras más arriba, ves que hay otro, y percibes que el siguiente está más alto que el anterior. Presientes, sientes, sabes que te va a costar más subir.
Saltas en la cama elástica. Te retuerces. Sigues saltando mirando arriba.
Está lejos -te quejas-
Pero puedes. Sí puedes
¿Por qué no vas a poder?
Impulsas tus piernas sobre ese elemento elástico y moldeable.
Coges fuerza, te alzas, notas el aire en la nariz, te estiras, parece que lo alcanzas.
Pero no, no lo alcanzas. Casi. Lo intentas de nuevo. Una, otra, una y otra vez. Otra y una.
Sin parar.
Subes. Ya estás en el siguiente escalón.
Cuando llegas, no ha cambiado nada. Si quiera el color del suelo, la mirada al infinito o las ganas de contar qué sientes estando cada vez más cerca del principio, o del fin.
El principio del fin.
Eso.
